Prólogo
Estoy muy
disgustada.
Más allá
de las palabras; mi cabeza se siente tan pesada por pensar tanto todo el
tiempo. He tenido todo en las últimas dos semanas. He realizado todo tipo de
lágrimas, y la tristeza la cubro con una sonrisa.
Me siento como si yo no puedo decirle a nadie más. Me siento sola.
Pero de eso se trata, siempre he estado sola...
Siento que
puedo dar mucho de mí, sin embargo no doy nada. Sigo quedándome en silencio, en
un rincón sollozante.
Soy frágil
y quebradiza... soy vulnerable y callada.
La dicha es un rumor que poco a poco se desvanece y en su lugar ocupa el
suplicio que se burla de mi desgracia; y siempre me quedo allí, estancada sin
decir nada, sufriendo como un ave que le cortan las alas.
1
Odio a la vida
El dolor
ha sido mi sombra durante toda mi existencia. Ha estado siempre y es a lo único
que me puedo aferrar y sé que soy buena en eso. Padeciendo.
He tenido la paciencia de quedarme callada y notar como el mundo, a mí alrededor,
ríe y vive bien. Mientras yo, aquí sufriendo. En silencio.
Y las veces en que trato de sonreír se desmoronan porque sé que engaño a mi
alma en un acto de mentira. Y siempre caigo en el mismo juego, en el cual
siempre gano. Porque lo mejor que hago es mortificarme.
Cerré los
ojos despacio y comencé a llorar, porque era el único momento en el cual podía
hacerlo sin que nadie me critique.
Abrí la
regadera y el agua comenzó a caer sobre mí, primero mi cabello y luego mi piel;
me estremecí un poco por lo fría que estaba, pero no la detuve, me producía una
especie de "dolor grato". Me gustaba.
Mis
lágrimas se perdieron entre las gotas de agua y poco a poco se iban
desapareciendo.
Sobé con
sumo cuidado los cortes recién hechos y limpié la sangre.
Terminé de
ducharme, tomé mi bata de baño y salí. Miré muy fijo a la persona reflejada en
el espejo y suspiré.
— ¿Qué
quieres de mí?-—inquirí tocando con las yemas de mis dedos el vidrio.
Mi baño
era privado, por lo que nadie podía verme haciendo mis cosas o sufriendo. Era
el espacio perfecto para vivir, encerrada, sola.
Y es que
hay veces en que hasta la misma vida te pide que te desquites con ella.
Me vestí
rápidamente, con mis jeans y mi camiseta de Nirvana. Me delineé los ojos y dejé mi
cabello suelto con sus rizos revoloteados y bajé a la cocina.
Mis padres
se encontraban allí, con su rutina diaria. Mi madre, hablando por teléfono con
su asistente, y mi padre leyendo el periódico.
—Buenos
días— me saludó mi padre aún atento a su lectura- Desayuna para llevarte a la
escuela; rápido, Lucy.
Asentí sin
decir nada; porque de todas formas, ¿qué tenía de buenos este día?
Tomé mi
morral que se encontraba sobre la mesa y me lo crucé.
Mi madre
colocó delante de mí un plato con unos huevos rebosados. Los aparté, no tenía
hambre; tan solo me serví un poco de juego de naranja para quitarme la sequedad
de mi garganta.
—Ya estoy
lista, vamos-—le dije a mi padre. Este dejó su periódico sobre la mesa y tomó
su maletín.
—Adiós,
amor, paso por ti para la cena— se levantó y besó a mi madre- te tengo una gran
sorpresa, solo para los dos.
Eso mismo,
lo que dijo, solo para los dos. Mis padres tenían la costumbre de ir a cenar
todas las noches, solos, y dejarme en casa sin compañía. Una noche más no me
iba a afectar.
No me
despedí de mi madre; nunca lo hacía. Llevábamos peleadas cuatro meses desde la
muerte de mi abuelo. Me odia, el sentimiento no es del todo recíproco.
Mi padre
hizo que esperara afuera de la cochera hasta que sacara el auto; cuando lo
hizo, subí en el asiento del copiloto.
En todo el
viaje solo cruzamos un par de palabras "¿qué tal tus clases?",
"bien".
No era
mucho de hablar con mi padre de mis cosas y contarle que las clases iban bien
pero mi vida social iba totalmente desastrosa.
Sin
amigos, en un rincón del comedor, absolutamente sola; como siempre.
Bajé del
coche, sumamente despacio, no tenía prisa para nada, y mucho menos para la
escuela.
Caminé a
paso lento e inseguro hasta la entrada, mi padre se quedó observándome. Me
quedé estancada en la entrada para que crea que esperaba a una persona, tal vez
un amigo o una amiga, que nunca llegaría.
Al verme
sonreír, partió.
Ingresé
dirigiéndome rápidamente a mi casillero a sacar mis libros y no retrasarme en
clases. Rápida e invisible.
De repente
me detuvo la psicóloga de la secundaria y me pidió conversar unos minutos en su
despacho con ella. Su rostro era de enfado. ¿Ahora qué?
Ingresamos
y me senté en el sofá del lugar.
Me miró
con un rostro mucho más molesto que el primero.
Al parecer
ya sabía que había pasado. Sí, me había vuelto a cortar.
— ¿Por qué, Lucy?— comenzó— ¿por qué lo haces?
Coloqué
los ojos en blanco y ella tomó mi mandíbula muy rápido.
-Nos
comentó la maestra de deportes que notó varias cicatrices en tus brazos y
trataste de cubrir algunas pero el suéter se subía las mangas.
-Maldito
suéter, ¿verdad?- reí.
-No lo
tomes a la broma, niña, es tu salud- resopló- ¡Dios, Lucy! ¿Qué puedo hacer
contigo? Nunca entiendes lo que te decimos.
— ¡Déjeme
ir!
— ¿Por qué
lo haces? ¡Te haces un gran daño!
—Si pudiera contestar con toda lo que pienso en estos momentos, lo haría, pero
la verdad es que usted no sabe el vacío que tengo dentro de mí. Tal vez es
fácil aconsejarme y pedirme que no lo haga, pero para mí es la misma tortura
día a día. Sentir que nadie me comprende nunca, que nadie sabe lo que vivo por
dentro, que nadie me nota; sé que es estúpido, pero...— comencé a llorar, las
lágrimas brotaron sin aviso.
No me gustaba llorar delante de las personas, siempre lo hacía a solas, pero en
esos momentos me sentía tan vulnerable y frágil.
La
psicóloga se acercó a mí y me abrazó. Sentí el calor de algún cariño de parte
de ella, seguro estaba acostumbrada.
Me dejó ir
sin decirme nada más.
Saliendo
de su despacho me sequé las lágrimas con unos pañuelos, el maquillaje se me
había corrido algo, pero no me importaba. Nadie me notaba.
Recuerdo
que solía tener amigas, una de ellas era Cindy Grand, quien ahora es la
muchacha más popular del instituto. Cambió totalmente.
Es de
estatura pequeña, piel blanca como porcelana, guapa, bailarina y deportista.
¿Qué carajos le sucedió a esa pequeña que solía andar conmigo y adoraba las
hamburguesas? El mundo está cambiando. Ahora para con un grupo de muchachas
iguales a ella. Perfectas para todo el mundo, excepto para mí. Tengo la certeza
de que no son más que un grupo de idiotas.
Llegué
hasta mi primera clase, química. No me gustaba mucho esta materia pero la
maestra era totalmente increíble. Su clase era amena.
Ingresé
rápidamente y busqué con la mirada un pupitre alejado. Los de la esquina aún no
se ocupaban, entonces me dirigí a ellos antes de que otra persona los tomara.
Nadie se sentó a mi lado. ¿Tan mala era mi aura?
Me recosté
sobre mis libros y cerré los ojos.
—Disculpa,
¿este asiento está libre?— se escuchó una voz masculina. No levanté la vista,
tan solo me limité a contestar con un sí- ¿puedo sentarme?
Repetí mi
respuesta sin dirigirle la mirada.
Al cabo de
unos minutos ingresó la maestra, lo supe, pues su voz quebró el bullicio de los
alumnos. Levanté la mirada directo a ella.
—Buenos
días— dijo— les informo que tenemos un nuevo alumno-Logan Hackett, bienvenido a
nuestra clase.
Sentí como
el muchacho del pupitre siguiente al mío se incorporó y sonrió a todos, luego
se sentó y me miró.
Ya sabía
la razón por la cual se sentó a mi lado; era nuevo y no sabía absolutamente
nada de mi historia social.
Lo observé
bien.
Era alto,
tenía la piel unos tonos más oscuros que Cindy. Llevaba su cabello algo largo y
despeinado. Tenía una sonrisa contagiosa y parecía confiable.
Pero no
sería mi amigo, nadie quería serlo.
Terminó la
clase y todos salieron alborotados, yo esperé a que la multitud se alejara; al
igual que el nuevo. Él se acercó a mí y comenzó a hablarme.
¡Me estaba
hablando! Una persona de la escuela, que no sea maestros o cualquier otro
trabajador, me hablaba.
No
recuerdo cuales fueron sus palabras, parecía en trance al darme cuenta que una
persona notaba mi existencia.
— ¿Estás
bien?-—logré escuchar al fin— ¿me escuchas?
Lo miré y
contuve la respiración y luego exhalé.
—Sí, estoy
bien, gracias.
—Te
pregunté cómo te llamas- comenzó a reír y colocó una mirada pícara y extraña -
¿siempre eres así?
—Soy Lucy-
contesté— ¿a qué te refieres con "así"?— fruncí el ceño y comencé a
caminar hacia el pasillo; él también lo hizo.
—Me ignoras,
como si fuera un ser extraño— contestó.
— ¿Acaso
no lo eres?- alcé las cejas— realmente no soy la persona que esperas- suspiré -
hay de esas chicas en otras clases.
Conocía
sus intenciones, tal vez pensaba que era una de esas, de las fáciles.
— ¿Qué?—
no parecía entenderme.
—Lo
lamento, pero no soy esa típica muchacha que es buena en algún deporte, en
baile o en canto; o la que usa faldas, blusas o moños; en lugar de eso prefiero
las camisetas y vaqueros. Sinceramente soy la que lleva los cabellos totalmente
despeinados y no me importa lo que digan; soy la que escucha el tipo de música
que antes se solía tocar en lugar de la porquería que escuchan ahora. Te
repito, en mí no encontrarás lo que buscas.
— ¿Tanto odias a la sociedad? —Soltó unas pequeñas risas— no te escaparás de mí
tan fácilmente; en verdad deseo ser tu amigo.
—Dices eso
porque soy la primera persona a quien le has dirigido la palabra en el
instituto; luego verás que no querrás nada de eso.
—De hecho
fue el director y luego la coordinadora- sonrió.
-Sabes a
que me refiero- me mordí el labio inferior- debo ir a mi siguiente clase;
espero que consigas los amigos que deseas.
Me
adelanté, pero él parecía no cansarse. Me siguió.
—Creo que
lo haces por protección—comentó— dices eso porque tal vez no tengas amigos y
crees que todo el mundo piensa mal de ti o no les importas, pero siempre le
importarás a alguien.
—Eso no
arregla las cosas, créeme— mascullé— realmente no deseas estar a mi lado o
acompañarme.
— ¡Déjame
ser tu amigo!
— ¡No! Lo
que tú quieres es un amigo, o alguna muchacha que esté tras de ti como una
idiota.
Me pasé la
mano sobre mi frente y levanté algunos mechones de mi rostro.
—Te veré
luego, en el almuerzo, tengo clases de economía— me dijo y se fue.
No sabía
sin sonreír o si gritar de rabia. ¿Estaba jugando conmigo, o de verdad deseaba
ser mi amigo?
Pasaron
las siguientes clases —y como todas— pasé desapercibida. Excepto por
álgebra; donde la maestra, delante de toda la clase me regañó por no
cumplir una de sus tareas. Mierda de profesora, me lo podía decir saliendo de
clases.
Esperé
hasta la hora del almuerzo, donde mi "nuevo amigo" debía esperarme.
No lo
busqué, solo esperé. Pero nunca llegó.
Se sentó
con quien menos esperaba; con Cindy y sus amigas. ¡Puto idiota!
Pasé por
su lado con la bandeja de comida y lo golpeé, no volteé ni nada, solo eso.
Quería que sepa de mi "enfado", "ira", o como prefiera
llamarle.
¿Por qué
justo con ella? Me lo debía esperar.
Ella con
su rostro de la porcelana más fina y su mirada de víbora tierna. Maldita.
Sentí como
alguien comenzó a seguirme y me tomó del brazo.
—
¿Almuerzas con nosotros?—inquirió.
Volteé, era
Logan. Lo miré y fruncí el ceño. No le dije nada y me zafé para dirigirme a una
mesa vacía.
No me
siguió y tampoco deseaba que lo haga.
Regresé a
mi casa aún más cabizbaja que en la mañana. Había sido un pésimo día.
Estaba
caminando, mi padre no pasó por mí y estaba de mal humor como para tomar el
autobús.
Me coloqué
los audífonos y comencé a escuchar algo de música.
Estaba a
pocas cuadras de mi casa cuando vi un grupo de muchachos tomando y fumando
por el camino más corto.
"Mierda"
pensé. Decidí tomar otro atajo, pero al parecer notaron mi presencia y
comenzaron a seguirme.
Guardé mis
audífonos y aceleré el paso; sentí como el sudo me resbalaba por la frente y
caí gotitas, gotitas de nervio.
Parecía
que el mundo estaba en mi contra este día; y no mejoraba para nada.
¡El puto
mundo me odiaba! Eso no había duda.
En esos
momentos deseaba correr pero eso haría que ellos también corran o me sigan
mucho más rápido.
¡Mierda!
Pensaba. Y sin darme cuenta ya estaba corriendo; y tras de mí cuatro muchachos
al mismo paso, veloces.
Mis
cabellos comenzaron a esparcirse por mi rostro tapándome la vista, haciendo que
me caiga en un maldito callejón. Los muchachos comenzaron a reírse y a
murmurar.
Uno tenía
un corte en el rostro, el más alto parecía incómodo y como si no quisiera
hacerme daño; al menos eso creía yo; y el último otro aspecto de delincuente.
Sin sonar racista, pero obviamente lo era.
— ¡Está
bonita!- gritó el del corte.
— ¡Tiene
miedo!- comenzó a reírse el alto-— ¡está temblando!
El otro no
decía nada, solo me observaba.
Las manos
comenzaron a temblarme y la mandíbula a adormecerse. No sentía mis piernas.
Pero siempre debía ser de esta manera, ¿verdad? Que la víctima se caiga.
Pero es
uno de esos momentos en que un apuesto muchacho aparece y la salva de todo peligro;
pero solo había un problema... a mí nadie me quería y no existía tal muchacho
en la faz de la tierra.
Desvié la
vista hacia la izquierda y pude notar un pasaje; una salida. Mi salvación.
Intenté
reincorporarme pero me fue difícil. Me arrastré pero mis brazos iban en contra
mía. Lo único que me quedó hacer fue llorar, no sé si de miedo, de cólera
o simplemente por hacerlo.
— ¡Ayuda!
- Grité; pero sabía que era en vano-—¡Por favor, ayúdenme!
Uno de
ellos se acercó a mí y tiró de mi brazo para levantarme hacia él.
Cerré los
ojos para no verle el rostro, no deseaba ver mi final. Pero la verdad era que
ya estaba en el final y lo percibía.
No sé si
me soltó o si me tiró; solo sentí como me caí de rodillas -aún con los ojos
cerrados- y comencé a escuchar golpes.
¿Me
mataban? No tenía ningún tipo de dolor, tal vez me cerraba a sentirlo.
—Toma mi
mano, ya pasó-—escuché una voz masculina.
Abrí
levemente mis ojos y frente a mí se encontraba un joven -se notaba mayor
de edad, por su aspecto físico- era apuesto y tenía un rostro de ángel. Mi
ángel.
— ¿Te
encuentras bien?- inquirió- que bobo soy, obviamente no-me miró y sonrió-
Tranquila ya pasó.
Tomó mi
mano y me ayudó a levantarme.
—Por estos
lugares es peligroso y más para una jovencita de tu edad y bella como lo eres
tú- comentó- por cierto, soy Fred.
—Gracias—
dije tambaleando la mandíbula- Soy Lucy.
—Bueno,
Lucy, ten mucho cuidado. Tienes demasiada suerte de que te haya visto hoy, pero
otro día—comentó—realmente pasé por aquí de casualidad.
—Enserio,
te lo agradezco.
—De acuerdo-
volvió a sonreír y me soltó— déjame acompañarte hasta tu casa para dejarte
bien.
Asentí
nerviosa. Un joven me hablaba, otra vez en el día. Pero en esta ocasión me
había salvado.
—Y dime,
Lucy, ¿qué edad tienes?
—Diecisiete,
aún estoy en la secundaria. Mi último año— pasé mi mano por mis cabellos y le
devolví la pregunta. — ¿Tú?
—Veinticinco—
contestó sonriendo.
Era mayor
de edad, como lo supuse. Era alto, de piel blanca y cabellos negros. Usaba
lentes y parecía inteligente; parecía bueno, más que todo.
Llegamos a
mi casa y era la hora de despedirse.
—Espero
saber de ti otra vez y verte; pero esta vez no estés en aprietos, por favor, te
lo pido— ambos reímos- Nos vemos.
—Claro,
adiós. Y una vez más gracias. Muchas gracias.
Asintió y
se fue caminando por el mismo lugar por donde vinimos.