I'm never changing who I am

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martes, 21 de mayo de 2013

Mil tipos de odio


Prólogo

Estoy muy disgustada.
Más allá de las palabras; mi cabeza se siente tan pesada por pensar tanto todo el tiempo. He tenido todo en las últimas dos semanas. He realizado todo tipo de lágrimas, y la tristeza la cubro con una sonrisa. 
Me siento como si yo no puedo decirle a nadie más. Me siento sola.
Pero de eso se trata, siempre he estado sola...

Siento que puedo dar mucho de mí, sin embargo no doy nada. Sigo quedándome en silencio, en un rincón sollozante.
Soy frágil y quebradiza... soy vulnerable y callada.
La dicha es un rumor que poco a poco se desvanece y en su lugar ocupa el suplicio que se burla de mi desgracia; y siempre me quedo allí, estancada sin decir nada, sufriendo como un ave que le cortan las alas.





1
Odio a la vida

El dolor ha sido mi sombra durante toda mi existencia. Ha estado siempre y es a lo único que me puedo aferrar y sé que soy buena en eso. Padeciendo.
He tenido la paciencia de quedarme callada y notar como el mundo, a mí alrededor, ríe y vive bien. Mientras yo, aquí sufriendo. En silencio.
Y las veces en que trato de sonreír se desmoronan porque sé que engaño a mi alma en un acto de mentira. Y siempre caigo en el mismo juego, en el cual siempre gano. Porque lo mejor que hago es mortificarme.

Cerré los ojos despacio y comencé a llorar, porque era el único momento en el cual podía hacerlo sin que nadie me critique.
Abrí la regadera y el agua comenzó a caer sobre mí, primero mi cabello y luego mi piel; me estremecí un poco por lo fría que estaba, pero no la detuve, me producía una especie de "dolor grato". Me gustaba.
Mis lágrimas se perdieron entre las gotas de agua y poco a poco se iban desapareciendo.
Sobé con sumo cuidado los cortes recién hechos y limpié la sangre.
Terminé de ducharme, tomé mi bata de baño y salí. Miré muy fijo a la persona reflejada en el espejo y suspiré.
— ¿Qué quieres de mí?-—inquirí tocando con las yemas de mis dedos el vidrio.
Mi baño era privado, por lo que nadie podía verme haciendo mis cosas o sufriendo. Era el espacio perfecto para vivir, encerrada, sola.
Y es que hay veces en que hasta la misma vida te pide que te desquites con ella.

Me vestí rápidamente, con mis jeans y mi camiseta de Nirvana. Me delineé los ojos y dejé mi cabello suelto con sus rizos revoloteados y bajé a la cocina.
Mis padres se encontraban allí, con su rutina diaria. Mi madre, hablando por teléfono con su asistente, y mi padre leyendo el periódico.
—Buenos días— me saludó mi padre aún atento a su lectura- Desayuna para llevarte a la escuela; rápido, Lucy.
Asentí sin decir nada; porque de todas formas, ¿qué tenía de buenos este día?
Tomé mi morral que se encontraba sobre la mesa y me lo crucé.
Mi madre colocó delante de mí un plato con unos huevos rebosados. Los aparté, no tenía hambre; tan solo me serví un poco de juego de naranja para quitarme la sequedad de mi garganta.
—Ya estoy lista, vamos-—le dije a mi padre. Este dejó su periódico sobre la mesa y tomó su maletín.
—Adiós, amor, paso por ti para la cena— se levantó y besó a mi madre- te tengo una gran sorpresa, solo para los dos.
Eso mismo, lo que dijo, solo para los dos. Mis padres tenían la costumbre de ir a cenar todas las noches, solos, y dejarme en casa sin compañía. Una noche más no me iba a afectar.
No me despedí de mi madre; nunca lo hacía. Llevábamos peleadas cuatro meses desde la muerte de mi abuelo. Me odia, el sentimiento no es del todo recíproco.
Mi padre hizo que esperara afuera de la cochera hasta que sacara el auto; cuando lo hizo, subí en el asiento del copiloto.
En todo el viaje solo cruzamos un par de palabras "¿qué tal tus clases?", "bien".
No era mucho de hablar con mi padre de mis cosas y contarle que las clases iban bien pero mi vida social iba totalmente desastrosa.
Sin amigos, en un rincón del comedor, absolutamente sola; como siempre.
Bajé del coche, sumamente despacio, no tenía prisa para nada, y mucho menos para la escuela.
Caminé a paso lento e inseguro hasta la entrada, mi padre se quedó observándome. Me quedé estancada en la entrada para que crea que esperaba a una persona, tal vez un amigo o una amiga, que nunca llegaría.
Al verme sonreír, partió.



Ingresé dirigiéndome rápidamente a mi casillero a sacar mis libros y no retrasarme en clases. Rápida e invisible.
De repente me detuvo la psicóloga de la secundaria y me pidió conversar unos minutos en su despacho con ella. Su rostro era de enfado. ¿Ahora qué?
Ingresamos y me senté en el sofá del lugar.
Me miró con un rostro mucho más molesto que el primero.
Al parecer ya sabía que había pasado. Sí, me había vuelto a cortar.
— ¿Por qué, Lucy?— comenzó— ¿por qué lo haces?
Coloqué los ojos en blanco y ella tomó mi mandíbula muy rápido.
-Nos comentó la maestra de deportes que notó varias cicatrices en tus brazos y trataste de cubrir algunas pero el suéter se subía las mangas.
-Maldito suéter, ¿verdad?- reí.
-No lo tomes a la broma, niña, es tu salud- resopló- ¡Dios, Lucy! ¿Qué puedo hacer contigo? Nunca entiendes lo que te decimos.
— ¡Déjeme ir!
— ¿Por qué lo haces?  ¡Te haces un gran daño!
—Si pudiera contestar con toda lo que pienso en estos momentos, lo haría, pero la verdad es que usted no sabe el vacío que tengo dentro de mí. Tal vez es fácil aconsejarme y pedirme que no lo haga, pero para mí es la misma tortura día a día. Sentir que nadie me comprende nunca, que nadie sabe lo que vivo por dentro, que nadie me nota; sé que es estúpido, pero...— comencé a llorar, las lágrimas brotaron sin aviso.
No me gustaba llorar delante de las personas, siempre lo hacía a solas, pero en esos momentos me sentía tan vulnerable y frágil.
La psicóloga se acercó a mí y me abrazó. Sentí el calor de algún cariño de parte de ella, seguro estaba acostumbrada.
Me dejó ir sin decirme nada más.
Saliendo de su despacho me sequé las lágrimas con unos pañuelos, el maquillaje se me había corrido algo, pero no me importaba. Nadie me notaba.

Recuerdo que solía tener amigas, una de ellas era Cindy Grand, quien ahora es la muchacha más popular del instituto. Cambió totalmente.
Es de estatura pequeña, piel blanca como porcelana, guapa, bailarina y deportista. ¿Qué carajos le sucedió a esa pequeña que solía andar conmigo y adoraba las hamburguesas? El mundo está cambiando. Ahora para con un grupo de muchachas iguales a ella. Perfectas para todo el mundo, excepto para mí. Tengo la certeza de que no son más que un grupo de idiotas.
Llegué hasta mi primera clase, química. No me gustaba mucho esta materia pero la maestra era totalmente increíble. Su clase era amena.
Ingresé rápidamente y busqué con la mirada un pupitre alejado. Los de la esquina aún no se ocupaban, entonces me dirigí a ellos antes de que otra persona los tomara. Nadie se sentó a mi lado. ¿Tan mala era mi aura?
Me recosté sobre mis libros y cerré los ojos.

—Disculpa, ¿este asiento está libre?— se escuchó una voz masculina. No levanté la vista, tan solo me limité a contestar con un sí- ¿puedo sentarme?
Repetí mi respuesta sin dirigirle la mirada.
Al cabo de unos minutos ingresó la maestra, lo supe, pues su voz quebró el bullicio de los alumnos. Levanté la mirada directo a ella.
—Buenos días— dijo— les informo que tenemos un nuevo alumno-Logan Hackett, bienvenido a nuestra clase.
Sentí como el muchacho del pupitre siguiente al mío se incorporó y sonrió a todos, luego se sentó y me miró.
Ya sabía la razón por la cual se sentó a mi lado; era nuevo y no sabía absolutamente nada de mi historia social.
Lo observé bien.
Era alto, tenía la piel unos tonos más oscuros que Cindy. Llevaba su cabello algo largo y despeinado. Tenía una sonrisa contagiosa y parecía confiable.
Pero no sería mi amigo, nadie quería serlo.

Terminó la clase y todos salieron alborotados, yo esperé a que la multitud se alejara; al igual que el nuevo. Él se acercó a mí y comenzó a hablarme.
¡Me estaba hablando! Una persona de la escuela, que no sea maestros o cualquier otro trabajador, me hablaba.
No recuerdo cuales fueron sus palabras, parecía en trance al darme cuenta que una persona notaba mi existencia.
— ¿Estás bien?-—logré escuchar al fin— ¿me escuchas?
Lo miré y contuve la respiración y luego exhalé.
—Sí, estoy bien, gracias.
—Te pregunté cómo te llamas- comenzó a reír y colocó una mirada pícara y extraña - ¿siempre eres así?
—Soy Lucy- contesté— ¿a qué te refieres con "así"?— fruncí el ceño y comencé a caminar hacia el pasillo; él también lo hizo.
—Me ignoras, como si fuera un ser extraño— contestó.
— ¿Acaso no lo eres?- alcé las cejas— realmente no soy la persona que esperas- suspiré - hay de esas chicas en otras clases.
Conocía sus intenciones, tal vez pensaba que era una de esas, de las fáciles.
— ¿Qué?— no parecía entenderme.
—Lo lamento, pero no soy esa típica muchacha que es buena en algún deporte, en baile o en canto; o la que usa faldas, blusas o moños; en lugar de eso prefiero las camisetas y vaqueros. Sinceramente soy la que lleva los cabellos totalmente despeinados y no me importa lo que digan; soy la que escucha el tipo de música que antes se solía tocar en lugar de la porquería que escuchan ahora. Te repito, en mí no encontrarás lo que buscas.
— ¿Tanto odias a la sociedad? —Soltó unas pequeñas risas— no te escaparás de mí tan fácilmente; en verdad deseo ser tu amigo.
—Dices eso porque soy la primera persona a quien le has dirigido la palabra en el instituto; luego verás que no querrás nada de eso.
—De hecho fue el director y luego la coordinadora- sonrió.
-Sabes a que me refiero- me mordí el labio inferior- debo ir a mi siguiente clase; espero que consigas los amigos que deseas.
Me adelanté, pero él parecía no cansarse. Me siguió.

—Creo que lo haces por protección—comentó— dices eso porque tal vez no tengas amigos y crees que todo el mundo piensa mal de ti o no les importas, pero siempre le importarás a alguien.
—Eso no arregla las cosas, créeme— mascullé— realmente no deseas estar a mi lado o acompañarme.
— ¡Déjame ser tu amigo!
— ¡No! Lo que tú quieres es un amigo, o alguna muchacha que esté tras de ti como una idiota.
Me pasé la mano sobre mi frente y levanté algunos mechones de mi rostro.
—Te veré luego, en el almuerzo, tengo clases de economía— me dijo y se fue.
No sabía sin sonreír o si gritar de rabia. ¿Estaba jugando conmigo, o de verdad deseaba ser mi amigo?



Pasaron las siguientes clases —y como todas— pasé desapercibida. Excepto por álgebra;  donde la maestra, delante de toda la clase me regañó por no cumplir una de sus tareas. Mierda de profesora, me lo podía decir saliendo de clases.
Esperé hasta la hora del almuerzo, donde mi "nuevo amigo" debía esperarme.
No lo busqué, solo esperé. Pero nunca llegó.
Se sentó con quien menos esperaba;  con Cindy y sus amigas. ¡Puto idiota!
Pasé por su lado con la bandeja de comida y lo golpeé, no volteé ni nada, solo eso. Quería que sepa de mi "enfado", "ira", o como prefiera llamarle.
¿Por qué justo con ella? Me lo debía esperar.
Ella con su rostro de la porcelana más fina  y su mirada de víbora tierna. Maldita.
Sentí como alguien comenzó a seguirme y me tomó del brazo.
— ¿Almuerzas con nosotros?—inquirió.
Volteé, era  Logan. Lo miré y fruncí el ceño. No le dije nada y me zafé para dirigirme a una mesa vacía.
No me siguió y tampoco deseaba que lo haga.




Regresé a mi casa aún más cabizbaja que en la mañana. Había sido un pésimo día.
Estaba caminando, mi padre no pasó por mí y estaba de mal humor como para tomar el autobús.
Me coloqué los audífonos y comencé a escuchar algo de música.
Estaba a pocas cuadras de mi casa cuando vi un grupo de muchachos tomando y fumando por el camino más corto.
"Mierda" pensé. Decidí tomar otro atajo, pero al parecer notaron mi presencia y comenzaron a seguirme.
Guardé mis audífonos y aceleré el paso; sentí como el sudo me resbalaba por la frente y caí gotitas, gotitas de nervio.
Parecía que el mundo estaba en mi contra este día; y no mejoraba para nada.
¡El puto mundo me odiaba! Eso no había duda.
En esos momentos deseaba correr pero eso haría que ellos también corran o me sigan mucho más rápido.
¡Mierda! Pensaba. Y sin darme cuenta ya estaba corriendo; y tras de mí cuatro muchachos al mismo paso, veloces.
Mis cabellos comenzaron a esparcirse por mi rostro tapándome la vista, haciendo que me caiga en un maldito callejón. Los muchachos comenzaron a reírse y a murmurar.
Uno tenía un corte en el rostro, el más alto parecía incómodo y como si no quisiera hacerme daño; al menos eso creía yo; y el último otro aspecto de delincuente. Sin sonar racista, pero obviamente lo era.
— ¡Está bonita!- gritó el del corte.
— ¡Tiene miedo!- comenzó a reírse el alto-— ¡está temblando!
El otro no decía nada, solo me observaba.
Las manos comenzaron a temblarme y la mandíbula a adormecerse. No sentía mis piernas. Pero siempre debía ser de esta manera, ¿verdad? Que la víctima se caiga.
Pero es uno de esos momentos en que un apuesto muchacho aparece y la salva de todo peligro; pero solo había un problema... a mí nadie me quería y no existía tal muchacho en la faz de la tierra.
Desvié la vista hacia la izquierda y pude notar un pasaje; una salida. Mi salvación.
Intenté reincorporarme pero me fue difícil. Me arrastré pero mis brazos iban en contra mía. Lo único que me quedó hacer fue llorar, no sé si de miedo, de cólera o simplemente por hacerlo.
— ¡Ayuda! - Grité; pero sabía que era en vano-—¡Por favor, ayúdenme!
Uno de ellos se acercó a mí y tiró de mi brazo para levantarme hacia él.
Cerré los ojos para no verle el rostro, no deseaba ver mi final. Pero la verdad era que ya estaba en el final y lo percibía.
No sé si me soltó o si me tiró; solo sentí como me caí de rodillas -aún con los ojos cerrados- y comencé a escuchar golpes.
¿Me mataban? No tenía ningún tipo de dolor, tal vez me cerraba a sentirlo.
—Toma mi mano, ya pasó-—escuché una voz masculina.
Abrí levemente mis ojos y frente a mí se encontraba un joven -se notaba mayor de edad, por su aspecto físico- era apuesto y tenía un rostro de ángel. Mi ángel.
— ¿Te encuentras bien?- inquirió- que bobo soy, obviamente no-me miró y sonrió- Tranquila ya pasó.
Tomó mi mano y me ayudó a levantarme.
—Por estos lugares es peligroso y más para una jovencita de tu edad y bella como lo eres tú- comentó- por cierto, soy Fred.
—Gracias— dije tambaleando la mandíbula- Soy Lucy.
—Bueno, Lucy, ten mucho cuidado. Tienes demasiada suerte de que te haya visto hoy, pero otro día—comentó—realmente pasé por aquí de casualidad.
—Enserio, te lo agradezco.
—De acuerdo- volvió a sonreír y me soltó— déjame acompañarte hasta tu casa para dejarte bien.
Asentí nerviosa. Un joven me hablaba, otra vez en el día. Pero en esta ocasión me había salvado.
—Y dime, Lucy, ¿qué edad tienes?
—Diecisiete, aún estoy en la secundaria. Mi último año— pasé mi mano por mis cabellos y le devolví la pregunta. — ¿Tú?
—Veinticinco— contestó sonriendo.
Era mayor de edad, como lo supuse. Era alto, de piel blanca y cabellos negros. Usaba lentes y parecía inteligente; parecía bueno, más que todo.
Llegamos a mi casa y era la hora de despedirse.
—Espero saber de ti otra vez y verte; pero esta vez no estés en aprietos, por favor, te lo pido— ambos reímos- Nos vemos.
—Claro, adiós. Y una vez más gracias. Muchas gracias.
Asintió y se fue caminando por el mismo lugar por donde vinimos.


1 comentario:

  1. Quiero a Fred para mí, tan solo es 5 años mayor que yo... jaja prometí que me pasaría en cuanto me desocupara de la tesis :) es una pena que metroblog no te dejará publicar, extrañaré tus comentarios por allá pero me alegra que continuaras con la historia :)

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