I'm never changing who I am

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lunes, 10 de junio de 2013

2
Odio a las peleas

El día amaneció. Un rayo de luz pasó por la luna traslúcida y chocó en mi rostro.
La sensación de calor se expandió por todo mi cuerpo haciéndome despertar rápidamente, pues estaba con muchas frazadas encima.
Con mi pierna retiré todo y me volteé boca arriba, hacia el techo. Me estiré para sentir más frescura y di un largo suspiro. Un suspiro muy inusual.
Mi despertador sonó a los cinco minutos, allí recién me levanté y comencé a alistarme para ir a la escuela.
Me dirigí al baño y tomé una ducha relajante, sin llorar, sin lamentarme
Me coloqué una camiseta que me había comprado en un cierra puertas, miles de descuentos (odiaba ir de compras, pero mi madrea me había obligado). También me vestí con unos pantaloncillos cortos que llegaban un poco más arriba que la rodilla. Mi cabello estaba enredado, tomé un cepillo y lo arreglé, lo dejé suelto.
Tomé mi morral y metí mis libros y lapiceros.
Bajé hacia la cocina pero no encontré a nadie. Mis padres no habían llegado de su velada de la noche anterior, lo que significaba que estaba sola, más de lo usual.
No desayuné nada para salir rápido de mi casa camino al instituto. No deseaba tener problemas como el día anterior. No deseaba volver a ser acorralada.
Me encontraba caminando por la calle con mis audífonos, como siempre, y con la vista fija en el suelo. La escuela no estaba tan lejos, pero iba a llegar algo cansada pues tenía la costumbre de que me llevaran en el auto.
Escuché la voz masculina de una persona que me llamaba, volteé y era Fred, el joven que el día anterior me había salvado.
Me acerqué a él con una sonrisa en el rostro, él también sonreía.


— ¿Qué haces por acá?— inquirió. Ladeé mis cabellos hacia atrás, suspiré y le mostré mi morral-Ah, claro, tú aún estás en la secundaria.
Asentí y me saqué los audífonos para escucharlo mejor.
— ¿Tú que haces por acá?- pregunté dudosa, era evidente que no iba a la universidad, pues tan solo tenía un maletín cruzado, donde al parecer llevaba un libro, no tan grande, pero definitivamente era un libro.
—Todas las mañanas voy al parque cruzando la calle y me siento a leer mi libro favorito- contestó con un rostro de nostalgia.
— ¿Cuál es?— comenzamos a caminar. Él sacó el libro de su maletín y me lo enseñó.
"Los ojos de mi princesa" de Carlos Cuauhtemoc.
Hace un par de años había leído esa obra, sobre Sheccid. No recordaba mucha la trama,  solo del muchacho enamorado de la muchacha, que al final no era nada de lo que fue, pero sí que me había gustado.
—Ya casi lo termino de leer, creo que me conseguiré otro libro- mencionó.
—Podemos intercambiar libros— agregué entusiasmada-—tengo varios libros, te paso uno y tú me pasas uno. Cada miércoles nos pasamos uno nuevo.
— ¿Estás proponiéndome vernos cada semana?— usó un tono pícaro— Sabes,  me encanta la idea.
—Todas las mañanas— reí.
Continuamos caminando, me acompañó hasta un determinado punto, pues desde allí eran caminos diferentes.
Se despidió de mí con un beso en la mejilla, yo lo acepté. Intenté cubrir mis cicatrices con mi manga pero logró verlas.
— ¿Qué es esto?
"Mierda".
—El otro día, andaba en bicicleta y sin darme cuenta di un mal giro y caí. Me corté muy feo pero ya está pasando- sonreí levemente, siempre inventaba. Siempre me creían todas las mentiras.
Él me creyó, pero no siempre iba a inventar la excusa de la bicicleta. Así me descubrieron en la escuela, cada semana diferente excusa para el mismo daño.
Fred se dirigió al parque y yo a la escuela. Estaba temblando, pero por una parte estaba feliz. Tenía un amigo, podría llegar a ser mi confidente.
Ingresé temerosa al instituto.
Vi a Logan conversando con un compañero de alguna clase mía, no recuerdo cual. Tenía la intención de acercarme y saludar pero me detuvo una muchacha, que ya conocía de mi clase de química, de lenguas y de literatura.
Se llamaba Mya. Sí, así, tal como lo escribí. Había hablado unas cuantas veces con ella, pero siempre andaba con su grupo y no me gustaba acercarme e incomodar.
Esta muchacha era de las que rara vez hacía las tareas, de las que se enamoraban mucho y no prestaba mucha atención a clase. Excepto literatura, ambas amábamos literatura. El curso perfecto.
Físicamente, Mya era delgada y bajita. Tenía una cabellera de color caoba, muy larga, que le llegaba a la cintura; su tez era bronceada.
No sabía para que se me acercó, pero no la ignoré.
—Lucy, ¿cierto?— dijo con una voz ni tan delgada ni tan gruesa. Sonrió y esperó mi respuesta — tranquila, no muerdo.
Reí ante su comentario y asentí.
—Sí, soy yo— miré hacia adelante en dirección de Logan, pero ya estaba bien acompañado, Cindy se encontraba con él. Coloqué los ojos en blanco y volví hacia Mya quien aún sonreía. Ella notó mi gesto y miró en la dirección en que la hice.
— ¿Cindy? Ugh, lo sé, esa perra— comentó sin remordimientos—ahora anda tras el muchacho nuevo. Como siempre, una nueva víctima.
Me quedé callada y asentí. Ella tenía razón.
—Bueno, ¿puedo ayudarte en algo?— inquirí.
Ella miró y pensó. Recordó y pegó un grito.
— ¡Claro! Te quería pedir prestado un libro que noté que tenías— ladeó su cabellera hacia atrás y continuó-El código Da Vinci.
—Claro, con gusto— ella sonrió como muestra  de agradecimiento— ¿te gusta la historia del santo grial?—le pregunté para continuar la conversación.
—De hecho, soy atea. Pero venga, un libro es un libro. ¡Y mejor si es uno de un escritor tan bueno!
No quise comentar nada más y continuar sonriendo. Yo no era atea, creía en Dios, pero también en las posibilidades de su matrimonio y que haya tenido hijos. Después de todo la historia no es 100% cierta.
A pesar de que Mya era atea, me agradaba.
Cuando tocó la campana de clases ella se despidió y se alejó para buscar a su novio. Diego, jugador de fútbol, pero no precisamente un muchacho popular, simplemente era jugador y se conocían en su ámbito social. A mí, personalmente, no me agradaba; me parecía una persona totalmente ignorante y despreciable. No entendía por qué una muchacha como Mya se fijaría en él. Pero era su gusto, ella lo amaba, ya llevaban mucho tiempo, juntos. Tal vez era la costumbre de estar uno junto al otro, o simplemente lo juzgaba mal. ¡Pero qué va!, él le ha hecho mucho daño a Mya, sin embargo ella aún sigue con él. Lo que el amor causaba en algunas personas...

Caminé hasta mi primera clase, economía. Una clase que compartía asiento con una muchacha muy, realmente muy feliz. Se llamaba Kourtney, la única amiga que tenía en el instituto; bueno, tan solo era en clase de economía.  No almorzaba con ella o algo parecido, porque siempre andaba con su novio. El muchacho con quien se encontraba Logan esta mañana; ya iban más de un año, pero siempre discutían. Ella me contaba, yo la aconsejaba. Pero siempre era la misma historia. Peleas, arregladas, peleas, arregladas.
Kourtney era amiga de Cindy y amiga mía. De hecho, ella era tan feliz, coqueta, bonita como Cindy; pero tenía algo de diferente. Ah sí, ella no se metía con el primer chico que se le cruzase.
Las clases se pasaron rápido. Y luego, otra vez sola, me hallaba en la hora del almuerzo. Miré a todos lados, esperanzada de que alguien me llamara, pero nada.
Tomé mi bandeja y me senté en el extremo. Avergonzada tomé el zumo de naranja y comencé a beberlo.
Sentí como unos alumnos se sentaban a mi lado. Eran Logan y otros dos muchachos. Supuse que sus amigos.
—Lucy, ellos son Stefano y Rene. ¿Te importa si nos sentamos contigo?
Tartamudeé antes de poner contestar. Atiné a asentir sin decir más. Después de todo tendría compañía.
Comenzaron a comentar sobre algunas bandas, yo me uní a su conversación. Tenían los mismos gustos musicales que yo.
Por primera vez, en toda mi vida académica, me reí en el almuerzo. La pasé bien. La pasé mejor que nunca con estos muchachos.
Se podría decir que el momento era perfecto, pero que va, siempre algo lo debe arruinar. Y ese algo tiene nombre, un nombre totalmente despreciable en cualquier sentido de la palabra. Cindy Grand. A ella y a su amiguita se les ocurrió llamar a Logan, y este, como perro faldero y se fue con ellas.


Me enojó, pero no dije ningún comentario alusivo. Tan solo observé y dije en tono de broma.
—Cayó en sus redes-—el comentario era real, pero debía simularlo para no dejar a relucir mi fastidio hacia ella.
Sus amigos se rieron y comenzaron a comer rápidamente pues el almuerzo ya acababa.
A la salida decidí regresar en autobús, era más seguro y me sentía con pocas ganas de caminar. El viaje fue tranquilo, sola. Tranquila.
El autobús no me dejaba exactamente en mi casa, sino unas cuadras antes. Tuve que bajar y a partir de allí ir caminando.
Tenía miedo, pero era más cerca que la vez pasada, y era otro camino. Uno más corto, obviamente.
Cuando llegué a mi casa algo estaba diferente. Mis padres.

Habían regresado pero tenían su aura enojada. Supuse que habían peleado, y sí que debía ser una pelea dura. No quise meterme, solo observé como se ignoraban.
— ¡Ya me cansé de todo esta porquería de vida!— exclamó mi padre en un punto.
La puerta de mi habitación estaba abierta así que pude escuchar y ver con claridad. Mi madre aún no contestaba, solo ingresó con furia a su habitación.
—Papá...— intenté preguntarle qué pasaba, pues las cosas ya se salían de control.
Nunca se habían enojado a tal punto, al menos yo no recordaba algo así.
— ¡Ahora no, Lucy!— gritó.
No le podía preguntar a mi madre o al menos acercarme a consolarla, pues la riña entre nosotras seguía intacta.
—Me iré, y espero que seas feliz— dijo mi madre saliendo de su habitación, llevaba sujeto en sus manos un par de maletas; al parecer llenas de prendas de vestir y otras cosas; sus cosas. Mi madre se iba...
Noté su rostro inmediatamente para leerlo; sus ojos estaban rojos, llorosos. Uno de ellos, en particular, rodeado de un espeso color verde agua.
Mierda, puto padre. La había golpeado. No sabía la razón, pero lo había hecho.
¿Tan cobarde llegaba a ser el hombre hasta un punto de ser agresivo con la mujer y dejarla así, sin piedad? Al parecer, el mundo cambia.
En esos momentos me entraban unas ganas infinitas de levantarme de mi cama e ir corriendo tras mi madre y abrazarla y llorar junto a ella. Ninguna mujer merece eso, por más grave que sea el problema.
Mi padre no detuvo a mi madre. Nadie la detuvo; se fue y nos dejó. Se fue y yo me quedé con mi padre en aquella casa que cada vez parecía ir muriendo.
¿O será nuestras auras? Moríamos espiritualmente... Sí, eso era.
Mi padre se acercó a mi habitación. Tenía una expresión de otro mundo, me observó y comenzó a reír. Estaba ebrio, una vez más.
—Hija, yo siempre te querré por más que haya problemas.
No le contesté. No deseaba contestarle. Comenzaba a odiarlo, había hecho sufrir al ser que más amo. A la persona más importante. Sí, me llevo mal con ella, pero, después de todo, ella me trajo al mundo y me sostuvo en sus brazos por años. Ella me ama, no me comprende, pero me ama. Yo la amo, no la comprendo, pero la amo. Ella es mi madre, ella es mi todo.

Mi "hogar" era un purgatorio; ahora era el mismísimo infierno.


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