I'm never changing who I am

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lunes, 10 de junio de 2013

2
Odio a las peleas

El día amaneció. Un rayo de luz pasó por la luna traslúcida y chocó en mi rostro.
La sensación de calor se expandió por todo mi cuerpo haciéndome despertar rápidamente, pues estaba con muchas frazadas encima.
Con mi pierna retiré todo y me volteé boca arriba, hacia el techo. Me estiré para sentir más frescura y di un largo suspiro. Un suspiro muy inusual.
Mi despertador sonó a los cinco minutos, allí recién me levanté y comencé a alistarme para ir a la escuela.
Me dirigí al baño y tomé una ducha relajante, sin llorar, sin lamentarme
Me coloqué una camiseta que me había comprado en un cierra puertas, miles de descuentos (odiaba ir de compras, pero mi madrea me había obligado). También me vestí con unos pantaloncillos cortos que llegaban un poco más arriba que la rodilla. Mi cabello estaba enredado, tomé un cepillo y lo arreglé, lo dejé suelto.
Tomé mi morral y metí mis libros y lapiceros.
Bajé hacia la cocina pero no encontré a nadie. Mis padres no habían llegado de su velada de la noche anterior, lo que significaba que estaba sola, más de lo usual.
No desayuné nada para salir rápido de mi casa camino al instituto. No deseaba tener problemas como el día anterior. No deseaba volver a ser acorralada.
Me encontraba caminando por la calle con mis audífonos, como siempre, y con la vista fija en el suelo. La escuela no estaba tan lejos, pero iba a llegar algo cansada pues tenía la costumbre de que me llevaran en el auto.
Escuché la voz masculina de una persona que me llamaba, volteé y era Fred, el joven que el día anterior me había salvado.
Me acerqué a él con una sonrisa en el rostro, él también sonreía.


— ¿Qué haces por acá?— inquirió. Ladeé mis cabellos hacia atrás, suspiré y le mostré mi morral-Ah, claro, tú aún estás en la secundaria.
Asentí y me saqué los audífonos para escucharlo mejor.
— ¿Tú que haces por acá?- pregunté dudosa, era evidente que no iba a la universidad, pues tan solo tenía un maletín cruzado, donde al parecer llevaba un libro, no tan grande, pero definitivamente era un libro.
—Todas las mañanas voy al parque cruzando la calle y me siento a leer mi libro favorito- contestó con un rostro de nostalgia.
— ¿Cuál es?— comenzamos a caminar. Él sacó el libro de su maletín y me lo enseñó.
"Los ojos de mi princesa" de Carlos Cuauhtemoc.
Hace un par de años había leído esa obra, sobre Sheccid. No recordaba mucha la trama,  solo del muchacho enamorado de la muchacha, que al final no era nada de lo que fue, pero sí que me había gustado.
—Ya casi lo termino de leer, creo que me conseguiré otro libro- mencionó.
—Podemos intercambiar libros— agregué entusiasmada-—tengo varios libros, te paso uno y tú me pasas uno. Cada miércoles nos pasamos uno nuevo.
— ¿Estás proponiéndome vernos cada semana?— usó un tono pícaro— Sabes,  me encanta la idea.
—Todas las mañanas— reí.
Continuamos caminando, me acompañó hasta un determinado punto, pues desde allí eran caminos diferentes.
Se despidió de mí con un beso en la mejilla, yo lo acepté. Intenté cubrir mis cicatrices con mi manga pero logró verlas.
— ¿Qué es esto?
"Mierda".
—El otro día, andaba en bicicleta y sin darme cuenta di un mal giro y caí. Me corté muy feo pero ya está pasando- sonreí levemente, siempre inventaba. Siempre me creían todas las mentiras.
Él me creyó, pero no siempre iba a inventar la excusa de la bicicleta. Así me descubrieron en la escuela, cada semana diferente excusa para el mismo daño.
Fred se dirigió al parque y yo a la escuela. Estaba temblando, pero por una parte estaba feliz. Tenía un amigo, podría llegar a ser mi confidente.
Ingresé temerosa al instituto.
Vi a Logan conversando con un compañero de alguna clase mía, no recuerdo cual. Tenía la intención de acercarme y saludar pero me detuvo una muchacha, que ya conocía de mi clase de química, de lenguas y de literatura.
Se llamaba Mya. Sí, así, tal como lo escribí. Había hablado unas cuantas veces con ella, pero siempre andaba con su grupo y no me gustaba acercarme e incomodar.
Esta muchacha era de las que rara vez hacía las tareas, de las que se enamoraban mucho y no prestaba mucha atención a clase. Excepto literatura, ambas amábamos literatura. El curso perfecto.
Físicamente, Mya era delgada y bajita. Tenía una cabellera de color caoba, muy larga, que le llegaba a la cintura; su tez era bronceada.
No sabía para que se me acercó, pero no la ignoré.
—Lucy, ¿cierto?— dijo con una voz ni tan delgada ni tan gruesa. Sonrió y esperó mi respuesta — tranquila, no muerdo.
Reí ante su comentario y asentí.
—Sí, soy yo— miré hacia adelante en dirección de Logan, pero ya estaba bien acompañado, Cindy se encontraba con él. Coloqué los ojos en blanco y volví hacia Mya quien aún sonreía. Ella notó mi gesto y miró en la dirección en que la hice.
— ¿Cindy? Ugh, lo sé, esa perra— comentó sin remordimientos—ahora anda tras el muchacho nuevo. Como siempre, una nueva víctima.
Me quedé callada y asentí. Ella tenía razón.
—Bueno, ¿puedo ayudarte en algo?— inquirí.
Ella miró y pensó. Recordó y pegó un grito.
— ¡Claro! Te quería pedir prestado un libro que noté que tenías— ladeó su cabellera hacia atrás y continuó-El código Da Vinci.
—Claro, con gusto— ella sonrió como muestra  de agradecimiento— ¿te gusta la historia del santo grial?—le pregunté para continuar la conversación.
—De hecho, soy atea. Pero venga, un libro es un libro. ¡Y mejor si es uno de un escritor tan bueno!
No quise comentar nada más y continuar sonriendo. Yo no era atea, creía en Dios, pero también en las posibilidades de su matrimonio y que haya tenido hijos. Después de todo la historia no es 100% cierta.
A pesar de que Mya era atea, me agradaba.
Cuando tocó la campana de clases ella se despidió y se alejó para buscar a su novio. Diego, jugador de fútbol, pero no precisamente un muchacho popular, simplemente era jugador y se conocían en su ámbito social. A mí, personalmente, no me agradaba; me parecía una persona totalmente ignorante y despreciable. No entendía por qué una muchacha como Mya se fijaría en él. Pero era su gusto, ella lo amaba, ya llevaban mucho tiempo, juntos. Tal vez era la costumbre de estar uno junto al otro, o simplemente lo juzgaba mal. ¡Pero qué va!, él le ha hecho mucho daño a Mya, sin embargo ella aún sigue con él. Lo que el amor causaba en algunas personas...

Caminé hasta mi primera clase, economía. Una clase que compartía asiento con una muchacha muy, realmente muy feliz. Se llamaba Kourtney, la única amiga que tenía en el instituto; bueno, tan solo era en clase de economía.  No almorzaba con ella o algo parecido, porque siempre andaba con su novio. El muchacho con quien se encontraba Logan esta mañana; ya iban más de un año, pero siempre discutían. Ella me contaba, yo la aconsejaba. Pero siempre era la misma historia. Peleas, arregladas, peleas, arregladas.
Kourtney era amiga de Cindy y amiga mía. De hecho, ella era tan feliz, coqueta, bonita como Cindy; pero tenía algo de diferente. Ah sí, ella no se metía con el primer chico que se le cruzase.
Las clases se pasaron rápido. Y luego, otra vez sola, me hallaba en la hora del almuerzo. Miré a todos lados, esperanzada de que alguien me llamara, pero nada.
Tomé mi bandeja y me senté en el extremo. Avergonzada tomé el zumo de naranja y comencé a beberlo.
Sentí como unos alumnos se sentaban a mi lado. Eran Logan y otros dos muchachos. Supuse que sus amigos.
—Lucy, ellos son Stefano y Rene. ¿Te importa si nos sentamos contigo?
Tartamudeé antes de poner contestar. Atiné a asentir sin decir más. Después de todo tendría compañía.
Comenzaron a comentar sobre algunas bandas, yo me uní a su conversación. Tenían los mismos gustos musicales que yo.
Por primera vez, en toda mi vida académica, me reí en el almuerzo. La pasé bien. La pasé mejor que nunca con estos muchachos.
Se podría decir que el momento era perfecto, pero que va, siempre algo lo debe arruinar. Y ese algo tiene nombre, un nombre totalmente despreciable en cualquier sentido de la palabra. Cindy Grand. A ella y a su amiguita se les ocurrió llamar a Logan, y este, como perro faldero y se fue con ellas.


Me enojó, pero no dije ningún comentario alusivo. Tan solo observé y dije en tono de broma.
—Cayó en sus redes-—el comentario era real, pero debía simularlo para no dejar a relucir mi fastidio hacia ella.
Sus amigos se rieron y comenzaron a comer rápidamente pues el almuerzo ya acababa.
A la salida decidí regresar en autobús, era más seguro y me sentía con pocas ganas de caminar. El viaje fue tranquilo, sola. Tranquila.
El autobús no me dejaba exactamente en mi casa, sino unas cuadras antes. Tuve que bajar y a partir de allí ir caminando.
Tenía miedo, pero era más cerca que la vez pasada, y era otro camino. Uno más corto, obviamente.
Cuando llegué a mi casa algo estaba diferente. Mis padres.

Habían regresado pero tenían su aura enojada. Supuse que habían peleado, y sí que debía ser una pelea dura. No quise meterme, solo observé como se ignoraban.
— ¡Ya me cansé de todo esta porquería de vida!— exclamó mi padre en un punto.
La puerta de mi habitación estaba abierta así que pude escuchar y ver con claridad. Mi madre aún no contestaba, solo ingresó con furia a su habitación.
—Papá...— intenté preguntarle qué pasaba, pues las cosas ya se salían de control.
Nunca se habían enojado a tal punto, al menos yo no recordaba algo así.
— ¡Ahora no, Lucy!— gritó.
No le podía preguntar a mi madre o al menos acercarme a consolarla, pues la riña entre nosotras seguía intacta.
—Me iré, y espero que seas feliz— dijo mi madre saliendo de su habitación, llevaba sujeto en sus manos un par de maletas; al parecer llenas de prendas de vestir y otras cosas; sus cosas. Mi madre se iba...
Noté su rostro inmediatamente para leerlo; sus ojos estaban rojos, llorosos. Uno de ellos, en particular, rodeado de un espeso color verde agua.
Mierda, puto padre. La había golpeado. No sabía la razón, pero lo había hecho.
¿Tan cobarde llegaba a ser el hombre hasta un punto de ser agresivo con la mujer y dejarla así, sin piedad? Al parecer, el mundo cambia.
En esos momentos me entraban unas ganas infinitas de levantarme de mi cama e ir corriendo tras mi madre y abrazarla y llorar junto a ella. Ninguna mujer merece eso, por más grave que sea el problema.
Mi padre no detuvo a mi madre. Nadie la detuvo; se fue y nos dejó. Se fue y yo me quedé con mi padre en aquella casa que cada vez parecía ir muriendo.
¿O será nuestras auras? Moríamos espiritualmente... Sí, eso era.
Mi padre se acercó a mi habitación. Tenía una expresión de otro mundo, me observó y comenzó a reír. Estaba ebrio, una vez más.
—Hija, yo siempre te querré por más que haya problemas.
No le contesté. No deseaba contestarle. Comenzaba a odiarlo, había hecho sufrir al ser que más amo. A la persona más importante. Sí, me llevo mal con ella, pero, después de todo, ella me trajo al mundo y me sostuvo en sus brazos por años. Ella me ama, no me comprende, pero me ama. Yo la amo, no la comprendo, pero la amo. Ella es mi madre, ella es mi todo.

Mi "hogar" era un purgatorio; ahora era el mismísimo infierno.


jueves, 30 de mayo de 2013

MIL TIPOS DE ODIO - video promo.







En unos días subiré el segundo capítulo, lo tengo escrito, pero busco los gifs necesarios para este. Hasta mientras espero que les guste el video. <3





(haz clic en el título o en lo de arriba, y en otra ventana te saldrá el video, espero y te guste :3 )



martes, 21 de mayo de 2013

Mil tipos de odio


Prólogo

Estoy muy disgustada.
Más allá de las palabras; mi cabeza se siente tan pesada por pensar tanto todo el tiempo. He tenido todo en las últimas dos semanas. He realizado todo tipo de lágrimas, y la tristeza la cubro con una sonrisa. 
Me siento como si yo no puedo decirle a nadie más. Me siento sola.
Pero de eso se trata, siempre he estado sola...

Siento que puedo dar mucho de mí, sin embargo no doy nada. Sigo quedándome en silencio, en un rincón sollozante.
Soy frágil y quebradiza... soy vulnerable y callada.
La dicha es un rumor que poco a poco se desvanece y en su lugar ocupa el suplicio que se burla de mi desgracia; y siempre me quedo allí, estancada sin decir nada, sufriendo como un ave que le cortan las alas.





1
Odio a la vida

El dolor ha sido mi sombra durante toda mi existencia. Ha estado siempre y es a lo único que me puedo aferrar y sé que soy buena en eso. Padeciendo.
He tenido la paciencia de quedarme callada y notar como el mundo, a mí alrededor, ríe y vive bien. Mientras yo, aquí sufriendo. En silencio.
Y las veces en que trato de sonreír se desmoronan porque sé que engaño a mi alma en un acto de mentira. Y siempre caigo en el mismo juego, en el cual siempre gano. Porque lo mejor que hago es mortificarme.

Cerré los ojos despacio y comencé a llorar, porque era el único momento en el cual podía hacerlo sin que nadie me critique.
Abrí la regadera y el agua comenzó a caer sobre mí, primero mi cabello y luego mi piel; me estremecí un poco por lo fría que estaba, pero no la detuve, me producía una especie de "dolor grato". Me gustaba.
Mis lágrimas se perdieron entre las gotas de agua y poco a poco se iban desapareciendo.
Sobé con sumo cuidado los cortes recién hechos y limpié la sangre.
Terminé de ducharme, tomé mi bata de baño y salí. Miré muy fijo a la persona reflejada en el espejo y suspiré.
— ¿Qué quieres de mí?-—inquirí tocando con las yemas de mis dedos el vidrio.
Mi baño era privado, por lo que nadie podía verme haciendo mis cosas o sufriendo. Era el espacio perfecto para vivir, encerrada, sola.
Y es que hay veces en que hasta la misma vida te pide que te desquites con ella.

Me vestí rápidamente, con mis jeans y mi camiseta de Nirvana. Me delineé los ojos y dejé mi cabello suelto con sus rizos revoloteados y bajé a la cocina.
Mis padres se encontraban allí, con su rutina diaria. Mi madre, hablando por teléfono con su asistente, y mi padre leyendo el periódico.
—Buenos días— me saludó mi padre aún atento a su lectura- Desayuna para llevarte a la escuela; rápido, Lucy.
Asentí sin decir nada; porque de todas formas, ¿qué tenía de buenos este día?
Tomé mi morral que se encontraba sobre la mesa y me lo crucé.
Mi madre colocó delante de mí un plato con unos huevos rebosados. Los aparté, no tenía hambre; tan solo me serví un poco de juego de naranja para quitarme la sequedad de mi garganta.
—Ya estoy lista, vamos-—le dije a mi padre. Este dejó su periódico sobre la mesa y tomó su maletín.
—Adiós, amor, paso por ti para la cena— se levantó y besó a mi madre- te tengo una gran sorpresa, solo para los dos.
Eso mismo, lo que dijo, solo para los dos. Mis padres tenían la costumbre de ir a cenar todas las noches, solos, y dejarme en casa sin compañía. Una noche más no me iba a afectar.
No me despedí de mi madre; nunca lo hacía. Llevábamos peleadas cuatro meses desde la muerte de mi abuelo. Me odia, el sentimiento no es del todo recíproco.
Mi padre hizo que esperara afuera de la cochera hasta que sacara el auto; cuando lo hizo, subí en el asiento del copiloto.
En todo el viaje solo cruzamos un par de palabras "¿qué tal tus clases?", "bien".
No era mucho de hablar con mi padre de mis cosas y contarle que las clases iban bien pero mi vida social iba totalmente desastrosa.
Sin amigos, en un rincón del comedor, absolutamente sola; como siempre.
Bajé del coche, sumamente despacio, no tenía prisa para nada, y mucho menos para la escuela.
Caminé a paso lento e inseguro hasta la entrada, mi padre se quedó observándome. Me quedé estancada en la entrada para que crea que esperaba a una persona, tal vez un amigo o una amiga, que nunca llegaría.
Al verme sonreír, partió.



Ingresé dirigiéndome rápidamente a mi casillero a sacar mis libros y no retrasarme en clases. Rápida e invisible.
De repente me detuvo la psicóloga de la secundaria y me pidió conversar unos minutos en su despacho con ella. Su rostro era de enfado. ¿Ahora qué?
Ingresamos y me senté en el sofá del lugar.
Me miró con un rostro mucho más molesto que el primero.
Al parecer ya sabía que había pasado. Sí, me había vuelto a cortar.
— ¿Por qué, Lucy?— comenzó— ¿por qué lo haces?
Coloqué los ojos en blanco y ella tomó mi mandíbula muy rápido.
-Nos comentó la maestra de deportes que notó varias cicatrices en tus brazos y trataste de cubrir algunas pero el suéter se subía las mangas.
-Maldito suéter, ¿verdad?- reí.
-No lo tomes a la broma, niña, es tu salud- resopló- ¡Dios, Lucy! ¿Qué puedo hacer contigo? Nunca entiendes lo que te decimos.
— ¡Déjeme ir!
— ¿Por qué lo haces?  ¡Te haces un gran daño!
—Si pudiera contestar con toda lo que pienso en estos momentos, lo haría, pero la verdad es que usted no sabe el vacío que tengo dentro de mí. Tal vez es fácil aconsejarme y pedirme que no lo haga, pero para mí es la misma tortura día a día. Sentir que nadie me comprende nunca, que nadie sabe lo que vivo por dentro, que nadie me nota; sé que es estúpido, pero...— comencé a llorar, las lágrimas brotaron sin aviso.
No me gustaba llorar delante de las personas, siempre lo hacía a solas, pero en esos momentos me sentía tan vulnerable y frágil.
La psicóloga se acercó a mí y me abrazó. Sentí el calor de algún cariño de parte de ella, seguro estaba acostumbrada.
Me dejó ir sin decirme nada más.
Saliendo de su despacho me sequé las lágrimas con unos pañuelos, el maquillaje se me había corrido algo, pero no me importaba. Nadie me notaba.

Recuerdo que solía tener amigas, una de ellas era Cindy Grand, quien ahora es la muchacha más popular del instituto. Cambió totalmente.
Es de estatura pequeña, piel blanca como porcelana, guapa, bailarina y deportista. ¿Qué carajos le sucedió a esa pequeña que solía andar conmigo y adoraba las hamburguesas? El mundo está cambiando. Ahora para con un grupo de muchachas iguales a ella. Perfectas para todo el mundo, excepto para mí. Tengo la certeza de que no son más que un grupo de idiotas.
Llegué hasta mi primera clase, química. No me gustaba mucho esta materia pero la maestra era totalmente increíble. Su clase era amena.
Ingresé rápidamente y busqué con la mirada un pupitre alejado. Los de la esquina aún no se ocupaban, entonces me dirigí a ellos antes de que otra persona los tomara. Nadie se sentó a mi lado. ¿Tan mala era mi aura?
Me recosté sobre mis libros y cerré los ojos.

—Disculpa, ¿este asiento está libre?— se escuchó una voz masculina. No levanté la vista, tan solo me limité a contestar con un sí- ¿puedo sentarme?
Repetí mi respuesta sin dirigirle la mirada.
Al cabo de unos minutos ingresó la maestra, lo supe, pues su voz quebró el bullicio de los alumnos. Levanté la mirada directo a ella.
—Buenos días— dijo— les informo que tenemos un nuevo alumno-Logan Hackett, bienvenido a nuestra clase.
Sentí como el muchacho del pupitre siguiente al mío se incorporó y sonrió a todos, luego se sentó y me miró.
Ya sabía la razón por la cual se sentó a mi lado; era nuevo y no sabía absolutamente nada de mi historia social.
Lo observé bien.
Era alto, tenía la piel unos tonos más oscuros que Cindy. Llevaba su cabello algo largo y despeinado. Tenía una sonrisa contagiosa y parecía confiable.
Pero no sería mi amigo, nadie quería serlo.

Terminó la clase y todos salieron alborotados, yo esperé a que la multitud se alejara; al igual que el nuevo. Él se acercó a mí y comenzó a hablarme.
¡Me estaba hablando! Una persona de la escuela, que no sea maestros o cualquier otro trabajador, me hablaba.
No recuerdo cuales fueron sus palabras, parecía en trance al darme cuenta que una persona notaba mi existencia.
— ¿Estás bien?-—logré escuchar al fin— ¿me escuchas?
Lo miré y contuve la respiración y luego exhalé.
—Sí, estoy bien, gracias.
—Te pregunté cómo te llamas- comenzó a reír y colocó una mirada pícara y extraña - ¿siempre eres así?
—Soy Lucy- contesté— ¿a qué te refieres con "así"?— fruncí el ceño y comencé a caminar hacia el pasillo; él también lo hizo.
—Me ignoras, como si fuera un ser extraño— contestó.
— ¿Acaso no lo eres?- alcé las cejas— realmente no soy la persona que esperas- suspiré - hay de esas chicas en otras clases.
Conocía sus intenciones, tal vez pensaba que era una de esas, de las fáciles.
— ¿Qué?— no parecía entenderme.
—Lo lamento, pero no soy esa típica muchacha que es buena en algún deporte, en baile o en canto; o la que usa faldas, blusas o moños; en lugar de eso prefiero las camisetas y vaqueros. Sinceramente soy la que lleva los cabellos totalmente despeinados y no me importa lo que digan; soy la que escucha el tipo de música que antes se solía tocar en lugar de la porquería que escuchan ahora. Te repito, en mí no encontrarás lo que buscas.
— ¿Tanto odias a la sociedad? —Soltó unas pequeñas risas— no te escaparás de mí tan fácilmente; en verdad deseo ser tu amigo.
—Dices eso porque soy la primera persona a quien le has dirigido la palabra en el instituto; luego verás que no querrás nada de eso.
—De hecho fue el director y luego la coordinadora- sonrió.
-Sabes a que me refiero- me mordí el labio inferior- debo ir a mi siguiente clase; espero que consigas los amigos que deseas.
Me adelanté, pero él parecía no cansarse. Me siguió.

—Creo que lo haces por protección—comentó— dices eso porque tal vez no tengas amigos y crees que todo el mundo piensa mal de ti o no les importas, pero siempre le importarás a alguien.
—Eso no arregla las cosas, créeme— mascullé— realmente no deseas estar a mi lado o acompañarme.
— ¡Déjame ser tu amigo!
— ¡No! Lo que tú quieres es un amigo, o alguna muchacha que esté tras de ti como una idiota.
Me pasé la mano sobre mi frente y levanté algunos mechones de mi rostro.
—Te veré luego, en el almuerzo, tengo clases de economía— me dijo y se fue.
No sabía sin sonreír o si gritar de rabia. ¿Estaba jugando conmigo, o de verdad deseaba ser mi amigo?



Pasaron las siguientes clases —y como todas— pasé desapercibida. Excepto por álgebra;  donde la maestra, delante de toda la clase me regañó por no cumplir una de sus tareas. Mierda de profesora, me lo podía decir saliendo de clases.
Esperé hasta la hora del almuerzo, donde mi "nuevo amigo" debía esperarme.
No lo busqué, solo esperé. Pero nunca llegó.
Se sentó con quien menos esperaba;  con Cindy y sus amigas. ¡Puto idiota!
Pasé por su lado con la bandeja de comida y lo golpeé, no volteé ni nada, solo eso. Quería que sepa de mi "enfado", "ira", o como prefiera llamarle.
¿Por qué justo con ella? Me lo debía esperar.
Ella con su rostro de la porcelana más fina  y su mirada de víbora tierna. Maldita.
Sentí como alguien comenzó a seguirme y me tomó del brazo.
— ¿Almuerzas con nosotros?—inquirió.
Volteé, era  Logan. Lo miré y fruncí el ceño. No le dije nada y me zafé para dirigirme a una mesa vacía.
No me siguió y tampoco deseaba que lo haga.




Regresé a mi casa aún más cabizbaja que en la mañana. Había sido un pésimo día.
Estaba caminando, mi padre no pasó por mí y estaba de mal humor como para tomar el autobús.
Me coloqué los audífonos y comencé a escuchar algo de música.
Estaba a pocas cuadras de mi casa cuando vi un grupo de muchachos tomando y fumando por el camino más corto.
"Mierda" pensé. Decidí tomar otro atajo, pero al parecer notaron mi presencia y comenzaron a seguirme.
Guardé mis audífonos y aceleré el paso; sentí como el sudo me resbalaba por la frente y caí gotitas, gotitas de nervio.
Parecía que el mundo estaba en mi contra este día; y no mejoraba para nada.
¡El puto mundo me odiaba! Eso no había duda.
En esos momentos deseaba correr pero eso haría que ellos también corran o me sigan mucho más rápido.
¡Mierda! Pensaba. Y sin darme cuenta ya estaba corriendo; y tras de mí cuatro muchachos al mismo paso, veloces.
Mis cabellos comenzaron a esparcirse por mi rostro tapándome la vista, haciendo que me caiga en un maldito callejón. Los muchachos comenzaron a reírse y a murmurar.
Uno tenía un corte en el rostro, el más alto parecía incómodo y como si no quisiera hacerme daño; al menos eso creía yo; y el último otro aspecto de delincuente. Sin sonar racista, pero obviamente lo era.
— ¡Está bonita!- gritó el del corte.
— ¡Tiene miedo!- comenzó a reírse el alto-— ¡está temblando!
El otro no decía nada, solo me observaba.
Las manos comenzaron a temblarme y la mandíbula a adormecerse. No sentía mis piernas. Pero siempre debía ser de esta manera, ¿verdad? Que la víctima se caiga.
Pero es uno de esos momentos en que un apuesto muchacho aparece y la salva de todo peligro; pero solo había un problema... a mí nadie me quería y no existía tal muchacho en la faz de la tierra.
Desvié la vista hacia la izquierda y pude notar un pasaje; una salida. Mi salvación.
Intenté reincorporarme pero me fue difícil. Me arrastré pero mis brazos iban en contra mía. Lo único que me quedó hacer fue llorar, no sé si de miedo, de cólera o simplemente por hacerlo.
— ¡Ayuda! - Grité; pero sabía que era en vano-—¡Por favor, ayúdenme!
Uno de ellos se acercó a mí y tiró de mi brazo para levantarme hacia él.
Cerré los ojos para no verle el rostro, no deseaba ver mi final. Pero la verdad era que ya estaba en el final y lo percibía.
No sé si me soltó o si me tiró; solo sentí como me caí de rodillas -aún con los ojos cerrados- y comencé a escuchar golpes.
¿Me mataban? No tenía ningún tipo de dolor, tal vez me cerraba a sentirlo.
—Toma mi mano, ya pasó-—escuché una voz masculina.
Abrí levemente mis ojos y frente a mí se encontraba un joven -se notaba mayor de edad, por su aspecto físico- era apuesto y tenía un rostro de ángel. Mi ángel.
— ¿Te encuentras bien?- inquirió- que bobo soy, obviamente no-me miró y sonrió- Tranquila ya pasó.
Tomó mi mano y me ayudó a levantarme.
—Por estos lugares es peligroso y más para una jovencita de tu edad y bella como lo eres tú- comentó- por cierto, soy Fred.
—Gracias— dije tambaleando la mandíbula- Soy Lucy.
—Bueno, Lucy, ten mucho cuidado. Tienes demasiada suerte de que te haya visto hoy, pero otro día—comentó—realmente pasé por aquí de casualidad.
—Enserio, te lo agradezco.
—De acuerdo- volvió a sonreír y me soltó— déjame acompañarte hasta tu casa para dejarte bien.
Asentí nerviosa. Un joven me hablaba, otra vez en el día. Pero en esta ocasión me había salvado.
—Y dime, Lucy, ¿qué edad tienes?
—Diecisiete, aún estoy en la secundaria. Mi último año— pasé mi mano por mis cabellos y le devolví la pregunta. — ¿Tú?
—Veinticinco— contestó sonriendo.
Era mayor de edad, como lo supuse. Era alto, de piel blanca y cabellos negros. Usaba lentes y parecía inteligente; parecía bueno, más que todo.
Llegamos a mi casa y era la hora de despedirse.
—Espero saber de ti otra vez y verte; pero esta vez no estés en aprietos, por favor, te lo pido— ambos reímos- Nos vemos.
—Claro, adiós. Y una vez más gracias. Muchas gracias.
Asintió y se fue caminando por el mismo lugar por donde vinimos.