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Odio a las peleas
El día
amaneció. Un rayo de luz pasó por la luna traslúcida y chocó en mi rostro.
La
sensación de calor se expandió por todo mi cuerpo haciéndome despertar
rápidamente, pues estaba con muchas frazadas encima.
Con mi
pierna retiré todo y me volteé boca arriba, hacia el techo. Me estiré para
sentir más frescura y di un largo suspiro. Un suspiro muy inusual.
Mi
despertador sonó a los cinco minutos, allí recién me levanté y comencé a
alistarme para ir a la escuela.
Me dirigí
al baño y tomé una ducha relajante, sin llorar, sin lamentarme
Me coloqué
una camiseta que me había comprado en un cierra puertas, miles de descuentos
(odiaba ir de compras, pero mi madrea me había obligado). También me vestí con
unos pantaloncillos cortos que llegaban un poco más arriba que la rodilla. Mi
cabello estaba enredado, tomé un cepillo y lo arreglé, lo dejé suelto.
Tomé mi
morral y metí mis libros y lapiceros.
Bajé hacia
la cocina pero no encontré a nadie. Mis padres no habían llegado de su velada
de la noche anterior, lo que significaba que estaba sola, más de lo usual.
No
desayuné nada para salir rápido de mi casa camino al instituto. No deseaba
tener problemas como el día anterior. No deseaba volver a ser acorralada.
Me
encontraba caminando por la calle con mis audífonos, como siempre, y con la
vista fija en el suelo. La escuela no estaba tan lejos, pero iba a llegar algo
cansada pues tenía la costumbre de que me llevaran en el auto.
Escuché la
voz masculina de una persona que me llamaba, volteé y era Fred, el joven que el
día anterior me había salvado.
Me acerqué
a él con una sonrisa en el rostro, él también sonreía.
— ¿Qué
haces por acá?— inquirió. Ladeé mis cabellos hacia atrás, suspiré y le mostré
mi morral-Ah, claro, tú aún estás en la secundaria.
Asentí y
me saqué los audífonos para escucharlo mejor.
— ¿Tú que
haces por acá?- pregunté dudosa, era evidente que no iba a la universidad, pues
tan solo tenía un maletín cruzado, donde al parecer llevaba un libro, no tan
grande, pero definitivamente era un libro.
—Todas las
mañanas voy al parque cruzando la calle y me siento a leer mi libro favorito-
contestó con un rostro de nostalgia.
— ¿Cuál
es?— comenzamos a caminar. Él sacó el libro de su maletín y me lo enseñó.
"Los
ojos de mi princesa" de Carlos
Cuauhtemoc.
Hace un
par de años había leído esa obra, sobre Sheccid. No recordaba mucha la trama, solo del muchacho enamorado de la muchacha, que
al final no era nada de lo que fue, pero sí que me había gustado.
—Ya casi
lo termino de leer, creo que me conseguiré otro libro- mencionó.
—Podemos
intercambiar libros— agregué entusiasmada-—tengo varios libros, te paso uno y
tú me pasas uno. Cada miércoles nos pasamos uno nuevo.
— ¿Estás
proponiéndome vernos cada semana?— usó un tono pícaro— Sabes, me encanta
la idea.
—Todas las
mañanas— reí.
Continuamos
caminando, me acompañó hasta un determinado punto, pues desde allí eran caminos
diferentes.
Se despidió
de mí con un beso en la mejilla, yo lo acepté. Intenté cubrir mis cicatrices
con mi manga pero logró verlas.
— ¿Qué es
esto?
"Mierda".
—El otro
día, andaba en bicicleta y sin darme cuenta di un mal giro y caí. Me corté muy
feo pero ya está pasando- sonreí levemente, siempre inventaba. Siempre me
creían todas las mentiras.
Él me
creyó, pero no siempre iba a inventar la excusa de la bicicleta. Así me
descubrieron en la escuela, cada semana diferente excusa para el mismo daño.
Fred se
dirigió al parque y yo a la escuela. Estaba temblando, pero por una parte
estaba feliz. Tenía un amigo, podría llegar a ser mi confidente.
Ingresé
temerosa al instituto.
Vi a Logan
conversando con un compañero de alguna clase mía, no recuerdo cual. Tenía la
intención de acercarme y saludar pero me detuvo una muchacha, que ya conocía de
mi clase de química, de lenguas y de literatura.
Se llamaba
Mya. Sí, así, tal como lo escribí. Había hablado unas cuantas veces con ella,
pero siempre andaba con su grupo y no me gustaba acercarme e incomodar.
Esta
muchacha era de las que rara vez hacía las tareas, de las que se enamoraban
mucho y no prestaba mucha atención a clase. Excepto literatura, ambas amábamos
literatura. El curso perfecto.
Físicamente,
Mya era delgada y bajita. Tenía una cabellera de color caoba, muy larga, que le
llegaba a la cintura; su tez era bronceada.
No sabía
para que se me acercó, pero no la ignoré.
—Lucy,
¿cierto?— dijo con una voz ni tan delgada ni tan gruesa. Sonrió y esperó mi
respuesta — tranquila, no muerdo.
Reí ante
su comentario y asentí.
—Sí, soy
yo— miré hacia adelante en dirección de Logan, pero ya estaba bien acompañado,
Cindy se encontraba con él. Coloqué los ojos en blanco y volví hacia Mya quien
aún sonreía. Ella notó mi gesto y miró en la dirección en que la hice.
— ¿Cindy?
Ugh, lo sé, esa perra— comentó sin remordimientos—ahora anda tras el muchacho
nuevo. Como siempre, una nueva víctima.
Me quedé
callada y asentí. Ella tenía razón.
—Bueno,
¿puedo ayudarte en algo?— inquirí.
Ella miró
y pensó. Recordó y pegó un grito.
— ¡Claro!
Te quería pedir prestado un libro que noté que tenías— ladeó su cabellera hacia
atrás y continuó-—El código Da Vinci.
—Claro,
con gusto— ella sonrió como muestra de
agradecimiento— ¿te gusta la historia del santo grial?—le pregunté para
continuar la conversación.
—De hecho,
soy atea. Pero venga, un libro es un libro. ¡Y mejor si es uno de un escritor
tan bueno!
No quise
comentar nada más y continuar sonriendo. Yo no era atea, creía en Dios, pero
también en las posibilidades de su matrimonio y que haya tenido hijos. Después
de todo la historia no es 100% cierta.
A pesar de
que Mya era atea, me agradaba.
Cuando
tocó la campana de clases ella se despidió y se alejó para buscar a su novio.
Diego, jugador de fútbol, pero no precisamente un muchacho popular, simplemente
era jugador y se conocían en su ámbito social. A mí, personalmente, no me
agradaba; me parecía una persona totalmente ignorante y despreciable. No
entendía por qué una muchacha como Mya se fijaría en él. Pero era su gusto,
ella lo amaba, ya llevaban mucho tiempo, juntos. Tal vez era la costumbre de
estar uno junto al otro, o simplemente lo juzgaba mal. ¡Pero qué va!, él le ha
hecho mucho daño a Mya, sin embargo ella aún sigue con él. Lo que el amor
causaba en algunas personas...
Caminé
hasta mi primera clase, economía. Una clase que compartía asiento con una
muchacha muy, realmente muy feliz. Se llamaba Kourtney, la única amiga que
tenía en el instituto; bueno, tan solo era en clase de economía. No
almorzaba con ella o algo parecido, porque siempre andaba con su novio. El
muchacho con quien se encontraba Logan esta mañana; ya iban más de un año, pero
siempre discutían. Ella me contaba, yo la aconsejaba. Pero siempre era la misma
historia. Peleas, arregladas, peleas, arregladas.
Kourtney
era amiga de Cindy y amiga mía. De hecho, ella era tan feliz, coqueta, bonita
como Cindy; pero tenía algo de diferente. Ah sí, ella no se metía con el primer
chico que se le cruzase.
Las clases
se pasaron rápido. Y luego, otra vez sola, me hallaba en la hora del almuerzo.
Miré a todos lados, esperanzada de que alguien me llamara, pero nada.
Tomé mi
bandeja y me senté en el extremo. Avergonzada tomé el zumo de naranja y comencé
a beberlo.
Sentí como
unos alumnos se sentaban a mi lado. Eran Logan y otros dos muchachos. Supuse
que sus amigos.
—Lucy,
ellos son Stefano y Rene. ¿Te importa si nos sentamos contigo?
Tartamudeé
antes de poner contestar. Atiné a asentir sin decir más. Después de todo
tendría compañía.
Comenzaron
a comentar sobre algunas bandas, yo me uní a su conversación. Tenían los mismos
gustos musicales que yo.
Por
primera vez, en toda mi vida académica, me reí en el almuerzo. La pasé bien. La
pasé mejor que nunca con estos muchachos.
Se podría
decir que el momento era perfecto, pero que va, siempre algo lo debe arruinar.
Y ese algo tiene nombre, un nombre totalmente despreciable en cualquier sentido
de la palabra. Cindy Grand. A ella y a su amiguita se les ocurrió llamar a
Logan, y este, como perro faldero y se fue con ellas.
Me enojó,
pero no dije ningún comentario alusivo. Tan solo observé y dije en tono de
broma.
—Cayó en
sus redes-—el comentario era real, pero debía simularlo para no dejar a relucir
mi fastidio hacia ella.
Sus amigos
se rieron y comenzaron a comer rápidamente pues el almuerzo ya acababa.
A la
salida decidí regresar en autobús, era más seguro y me sentía con pocas ganas
de caminar. El viaje fue tranquilo, sola. Tranquila.
El autobús
no me dejaba exactamente en mi casa, sino unas cuadras antes. Tuve que bajar y
a partir de allí ir caminando.
Tenía
miedo, pero era más cerca que la vez pasada, y era otro camino. Uno más corto,
obviamente.
Cuando
llegué a mi casa algo estaba diferente. Mis padres.
Habían
regresado pero tenían su aura enojada. Supuse que habían peleado, y sí que
debía ser una pelea dura. No quise meterme, solo observé como se ignoraban.
— ¡Ya me
cansé de todo esta porquería de vida!— exclamó mi padre en un punto.
La puerta
de mi habitación estaba abierta así que pude escuchar y ver con claridad. Mi
madre aún no contestaba, solo ingresó con furia a su habitación.
—Papá...—
intenté preguntarle qué pasaba, pues las cosas ya se salían de control.
Nunca se
habían enojado a tal punto, al menos yo no recordaba algo así.
— ¡Ahora
no, Lucy!— gritó.
No le podía
preguntar a mi madre o al menos acercarme a consolarla, pues la riña entre
nosotras seguía intacta.
—Me iré, y
espero que seas feliz— dijo mi madre saliendo de su habitación, llevaba sujeto
en sus manos un par de maletas; al parecer llenas de prendas de vestir y otras
cosas; sus cosas. Mi madre se iba...
Noté su
rostro inmediatamente para leerlo; sus ojos estaban rojos, llorosos. Uno de
ellos, en particular, rodeado de un espeso color verde agua.
Mierda,
puto padre. La había golpeado. No sabía la razón, pero lo había hecho.
¿Tan
cobarde llegaba a ser el hombre hasta un punto de ser agresivo con la mujer y
dejarla así, sin piedad? Al parecer, el mundo cambia.
En esos
momentos me entraban unas ganas infinitas de levantarme de mi cama e ir
corriendo tras mi madre y abrazarla y llorar junto a ella. Ninguna mujer merece
eso, por más grave que sea el problema.
Mi padre
no detuvo a mi madre. Nadie la detuvo; se fue y nos dejó. Se fue y yo me quedé
con mi padre en aquella casa que cada vez parecía ir muriendo.
¿O será
nuestras auras? Moríamos espiritualmente... Sí, eso era.
Mi padre
se acercó a mi habitación. Tenía una expresión de otro mundo, me observó y
comenzó a reír. Estaba ebrio, una vez más.
—Hija, yo
siempre te querré por más que haya problemas.
No le
contesté. No deseaba contestarle. Comenzaba a odiarlo, había hecho sufrir al
ser que más amo. A la persona más importante. Sí, me llevo mal con ella, pero,
después de todo, ella me trajo al mundo y me sostuvo en sus brazos por años.
Ella me ama, no me comprende, pero me ama. Yo la amo, no la comprendo, pero la
amo. Ella es mi madre, ella es mi todo.
Mi
"hogar" era un purgatorio; ahora era el mismísimo infierno.










